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Cristina Urbano. Gestor de GVC Gaesco Gestión.

Últimamente han proliferado en los medios de comunicación noticias en relación al desconcierto sufrido por inversores ante el fuerte descenso –e incluso en algún caso, pérdida total- del valor de activos en que habían invertido. Al margen de quién haya tenido la responsabilidad en la toma de decisión, lo que está claro es que muchas veces los productos financieros adquiridos no se corresponden con el perfil de riesgo de los inversores. Sin embargo, desgraciadamente esa inadecuación deriva en muchos casos a tomar decisiones erróneas y precipitadas de desinversión (que pueden tener como resultado fuertes pérdidas) o bien no se pone de manifiesto hasta que ya es demasiado tarde y el producto ha perdido gran parte de su valor.
Diversos son los factores a tener en cuenta a la hora de determinar las inversiones más aptas para cada persona. En primer lugar, la rentabilidad esperada y el riesgo del producto son dos aspectos esenciales. No olvidar la máxima que a más riesgo mayor es la rentabilidad esperada, así que en principio se ha de desconfiar de aquellos productos financieros que ofrezcan rentabilidades más o menos atractivas con un aparente bajo nivel de riesgo. De todas formas, podría darse algún caso en que aprovechando ineficiencias de mercado, la rentabilidad esperada del producto financiero fuera superior a la que correspondería para el nivel riesgo asumido. Por ello es importante conocer las características y entender el motor de la rentabilidad del producto –cómo se obtiene- y así ayudar a comprender el riesgo que se asume. Para aquellos productos que por su complejidad y/o falta de transparencia no se entienden y que se desconoce el origen de la rentabilidad, la recomendación está clara: no invertir. Si nos propusieran aportar capital para constituir una empresa cuya actividad no sabemos y cuya fuente de los ingresos y beneficios no comprendemos, ¿acaso aceptaríamos?
Una vez conocido el binomio rentabilidad-riesgo del activo o producto financiero, el siguiente paso antes de adoptar la decisión de invertir o no es conocer el perfil de riesgo del inversor, para ver si dicho binomio se adecúa o no a su perfil. Está claro que las personas responden y se comportan de manera diferente ante distintos escenarios de estrés. La aversión o propensión al riesgo miden el grado de tolerancia ante situaciones extremas de mercado. Para aquellas personas que no puedan “soportar” psicológicamente o no quieran “asumir” descensos significativos –aunque sean puntuales- del valor de los activos en que invierten, está claro que han de evitar títulos cuyos precios puedan registrar elevadas volatilidades, cómo la Renta Variable. Sin embargo ése no ha sido el comportamiento de aquellas personas que, llevadas por el boca-oreja o por un mal asesoramiento, invirtieron en Bolsa en momentos de euforia de mercado –o sea, cerca de máximos- y que, posteriormente, en ciclos bursátiles bajistas, dejándose llevar por el pánico y no por una decisión racional, venden las acciones con fuertes pérdidas.
Conocer las características personales y patrimoniales del potencial inversor sería la tercera fase para completar el análisis de adecuación o no de la inversión en un determinado producto. Características personales y patrimoniales tales como edad, cargas familiares, inmuebles en propiedad, nivel de ingresos y gastos, etc., pueden condicionan el horizonte temporal de inversión y/o unas necesidades financieras que limiten el abanico de productos dónde invertir. Recuerdo una consulta que me hizo una persona que se iba a comprar un inmueble en cuestión de varios meses: quería saber nuestra opinión sobre invertir –hasta que llegara el momento de la adquisición del piso- en acciones de una compañía eléctrica doméstica. La recomendación fue clara: no invertir. No era un tema relacionado con una recomendación favorable o desfavorable de la compañía dónde quería invertir, sino que el inversor estaba limitado por su perfil, en este caso sus necesidades financieras, y ello le condicionaba a invertir en otro tipo de activo con un horizonte temporal más a corto plazo.
Con todo lo expuesto, queda clara la suma importancia de la tarea del asesor financiero, una pieza clave en este proceso. Conocer el perfil del inversor (tanto en términos de riesgo como a nivel personal y patrimonial) es primordial a la hora de determinar el producto más adecuado a cada persona. Si todo ello va acompañado de una clara información de los productos o activos financieros, contemplando los posibles riesgos y conociendo de dónde se obtiene la rentabilidad, es cuando se podrán adoptar decisiones óptimas de inversión, las cuales pueden ser diferentes para cada persona.
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